Encantamiento


—Pero ¿qué dirás cuando te diga yo ahora como, entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser todas deste lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban saltando y brincando como cabras, y apenas las hube visto, cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hallamos a la salida del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía; respondióme que no, pero que él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas, que pocos días había que en aquellos prados habían parecido, y que no me maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados y presentes siglos encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las cuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote «cuando de Bretaña vino».

Este fragmento pertenece al capítulo XXIII, cuyo título es De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa.

En este fragmento se narra la salida de Don Quijote de la misteriosa cueva de Montesinos. Este sale arrastrado por la cuerda que tiene sujetada por la cintura. Al salir, emocionado, le explica a Sancho, su experiencia dentro de la cueva: La procesión que la amada de montesinos hacia cada dia, la tumba de su amigo muerto y una curiosa imagen de las tres labradoras brincando como cabras en un campo…etc

Este capitulo se puede relacinar con el capitulo XXXII, de titulo De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos, en que en la cena con los duques tambien se cita esta misma aventura tratando de explicar su cuncurrecente encuentro con su señora Dulcinea encantada.

Este capitulo puede caracterizarse por la gran imaginación que Don Quijote puede tener al imaginarse todo el escenario construido de la cuava de Montesinos.

—Levántate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora.

Este es un fragmento perteneciente al capítulo X de la segunda parte, llamado Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos.
En esta parte se narra el diálogo entre Don Quijote y Sancho mientras esperan a las aldeanas que se acercan. Sancho le a dicho a Don Quijote que una de esas damas es Dulcinea. Pero lo que su amo no sabe es que Sancho esta mintiendo. Quijote no cree a Sancho porque no puede llegar a pensar que una de esas tres damas tan vulgares y feas sea Dulcinea siendo como el dice un dama noble.

Este fragmento puede estar relacionado con el anterior capítulo donde habla de como los dos hombres llegan hasta la aldea donde vive Dulciena y como Don Quijote cuenta a Sancho que nunca a visto a Dulcinea y que está enamorado “de oidas”. A causa de esto a Sancho se le llega a ocurrir la mentira de que una de las campesinas era Dulcinea porque Don Qijote no tenía pruebas de que no era ella, ya que nunca la ha visto.

—Levántate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora.

Este es un fragmento del capítulo X que pertenece a la parte II del Quijote de Miguel de Cervantes.En este fragmento se encuentran Don Quijote y Sancho esperando a la supuesta Dulcinea que viene en caballo con sus damas, sin embargo, Don Quijote no sabes que es una trama ya que Sancho se inventa que tres mujeres que vienen de labrar con sus borricos son las dos damas de Dulcinea y ella misma, según Sancho Dulcinea queria ver a su caballero. Don Quijote que nada ma verla dice de ella que no es su Dulcinea acaba pensando que le han encantado los ojos para verla fea, pero ya que Sancho la ve tan hermosa (entra dentro de la mentira decir que es hermosa) don Quijote piensa que la han encantado a ella.

Preguntó la duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
—Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde la habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?
—No sé —dijo Sancho Panza—, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo: a lo menos en la ligereza y en el brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
—¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.
—¡Y cómo si la he visto! —respondió Sancho—. Pues ¿quién diablos sino yo fue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está como mi padre.

 

Este fragmento pertenece al capítulo XXXII, cuyo título es De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos.

En este fragmento se narra el final de la cena que Don Quijote y Sancho comparten con los duques. En un intento de burla, tras contar la aventura de la cueva de Montesinos, la Duquesa le pregunta a Don Quijote que si sabe algo de la señora Dulcinea, o mejor dicho, de la labradora fea en la que se había convertido. Explicándole que aun no la había visto desencantada le pregunto a Sancho si el la había visto desencantada, pero no. Tal actuación hacia Sancho de creerse las palabras de Don Quijote que la duquesa parecía pensar que Sancho se lo creía todo, pero en realidad no era así.

Este fragmento se podía relacionar con el capitulo XXIII: De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa, en la que se cuenta la aventura nombrada en el fragmento anterior

Este fragmento se caracteriza por la gran ironía con la que Don Quijote responde a las preguntas formuladas por la duquesa y el apoyo que Sancho hacia su amo, sabiendo las intenciones de los duques.

                                

Preguntó la duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
—Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde la habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?
—No sé —dijo Sancho Panza—, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo: a lo menos en la ligereza y en el brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
—¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.
—¡Y cómo si la he visto! —respondió Sancho—. Pues ¿quién diablos sino yo fue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está como mi padre!

                               

Este fragmento pertenece al capítulo XXXI de la segunda parte del Quijote cuyo título “es que trata de muchas y grandes cosas”. En este capítulo nos narra como Don Quijote y Sancho llegan a casa de los duqes que habían leido la primera parte y se intetan burlar de ellos tratándolo a Don Quijote como caballero.

En este fragmento le cuenta Don Quijote a la duquesa que dulcinea estaba encantada y que es una labradora. Aquello se lo había hecho creer Sancho, también se hace referencia al capitulo X donde Sancho le miente a Don Quijote, diciéndole que había visto  Dulcinea  con dos de sus sirvientas, en este fragmento se observan características del petrarquismo por parte de Don quijote para decribirle a la Duques Dulcinea.

Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
las túnicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y guía
de aquellos que, dejando el torpe sueño
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo, ¡oh varón como se debe
por jamás alabado!, a ti, valiente
juntamente y discreto don Quijote,
de la Mancha esplendor, de España estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso
es menester que Sancho tu escudero
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo,
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis señores.—¡Voto a tal! —dijo a esta sazón Sancho—. No digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!
—Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y no digo yo tres mil y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el alma.

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Este fragmento pertenece al capítulo Treinta y cuatro de la segunda parte del Quijote.  Está situado durante la estancia de Quijote y Sancho en el palacio de los duques, exactamente es un fragmento de la broma que tan cuidadosamente habian preparado los Duques para reirse de Don Quijote y Sancho.

Mientras Don Quijote, Sancho, los Duques y demás sirvientes están cazando, suenan grandes trompetas y fuertes ruidos. Al cabo de un rato de extraños estruendos, aparece a caballo un hombre vestido de demonio, que le comunica a Don Quijote que Dulcinea y el encantado Montesinos se dirigen hacia allí con intención de descubrirle cómo desencantar a Dulcinea. Cuando más tarde aparecen varios carros, en el último de ellos aparecen Dulcinea y Montesinos. Éstos le dicen a Don Quijote que para desencantar a Dulcinea, Sancho debe propinarse 3000 azotes en sus “posaderas” (el culete). A lo cual este se niega, y despues de suplicar y dar varias razones varios presentes, Sancho acepta la penitencia con la condición de poder aplicarla poco a poco.

Es conveniente para poder comprender el sentido de este capítulo haber leído los diferentes capítulos referentes a dulcinea, para saber lo referente al encatamiento de Dulcinea.

¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
las túnicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y guía
de aquellos que, dejando el torpe sueño
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo, ¡oh varón como se debe
por jamás alabado!, a ti, valiente
juntamente y discreto don Quijote,
de la Mancha esplendor, de España estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso
es menester que Sancho tu escudero
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo,
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis señores.—¡Voto a tal! —dijo a esta sazón Sancho—. No digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!
—Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y no digo yo tres mil y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el alma.

Este fragmento pertenece al capítulo XXXV de la parte II del Quijote.

En este texto los Duques se burlan de Don Quijote haciendole creer que a Dulcinea se la puede desencantar, pero que si quiere que la desencanten debe dar a Sancho tres mil y tres cientos azotes. Sancho no quiere recibir los azotes y Don Quijote le dice a Sancho que si no acepta lo azotará el doble; Sancho viendo que Don Quijote quiere que Dulcinea quede desencantada acepta incomodo que le den los azotes.

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—Pero volviendo a la plática que poco ha tratábamos del encanto de la señora Dulcinea, tengo por cosa cierta y más que averiguada que aquella imaginación que Sancho tuvo de burlar a su señor y darle a entender que la labradora era Dulcinea, y que si su señor no la conocía, debía de ser por estar encantada, toda fue invención de alguno de los encantadores que al señor don Quijote persiguen. Porque real y verdaderamente yo sé de buena parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado, y no hay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos; y sepa el señor Sancho Panza que también tenemos acá encantadores que nos quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo pura y sencillamente, sin enredos ni máquinas, y créame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre que la parió, y cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia figura, y entonces saldrá Sancho del engaño en que vive.
—Bien puede ser todo eso —dijo Sancho Panza—, y agora quiero creer lo que mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la señora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hábito que yo dije que la había visto cuando la encanté por solo mi gusto; y todo debió de ser al revés, como vuesa merced, señora mía, dice, porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco, que con tan flaca y magra persuasión como la mía creyese una cosa tan fuera de todo término.

Este fragmento de texto pertenece a la segunda parte del libro Don Quijote de la Mancha,obra cumbre de la literatura española, más concretamente al capítulo XXXIII.
En él Sancho Panza habla con la duquesa una vez Don Quijote se ha ido a dormir.
Durante la conversación la duquesa y sus damas llegan a convencer a Sancho de que realmente el no había inventado a Dulcinea, que ella realmente si estaba encantada en la forma de campesina.
Así pues Sancho llega a la conclusión de que el no podía tener tal imaginación para engañar a Don Quijote y que realmente las cosas si sucedían como el decía.

Preguntó la duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
—Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde la habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?
—No sé —dijo Sancho Panza—, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo: a lo menos en la ligereza y en el brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
—¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.
—¡Y cómo si la he visto! —respondió Sancho—. Pues ¿quién diablos sino yo fue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está como mi padre!

Este fragmento pertenece al capítulo XXXI de la segunda parte del Quijote, cuyo título es Que trata de muchas y grandes cosas. Se cuenta el recibimiento y el interés que los duques, especielmente la duquesa, muestran por los desvaríos de Don Quijote.

Los duques se burlan de Don Quijote y su locura de la cual no parece consciente, al igual que de las mofas de las que es objeto. Este fragmento es tratado con un toque de humor producido por las burlas de los duques sobre sus imaginadas aventuras, siendo Dulcinea el motivo de ellas. El dudoso caballero les relata la desgracia que se ha cebado en él pese a los embrollos que ha deshecho en su camino.

Este fragmento también incluye rasgos de petrarquismo hacia Dulcinea en las intervenciones por parte Don quijote y de Sancho, quedando ridículas en el último por su mala gracia para hablar de la forma que él pretende.

¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
las túnicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y guía
de aquellos que, dejando el torpe sueño
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo, ¡oh varón como se debe
por jamás alabado!, a ti, valiente
juntamente y discreto don Quijote,
de la Mancha esplendor, de España estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso
es menester que Sancho tu escudero
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo,
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis señores.

—¡Voto a tal! —dijo a esta sazón Sancho—. No digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!
—Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y no digo yo tres mil y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el alma.

Este texto pertenece a un fragmento del capítulo XXXV de la segunda parte del Quijote.

En este texto se habla de la burla que los duques quieren hacerle a don Quijote. Esta broma consiste en que le hacen creer a don Quijote que Merlín el mago, ha descubierto la cura de Dulcinea, y para ello, Sancho Panza debe ser azotado, debe recibir tres mil y tres cientos azotes en sus posaderas, sino Dulcinea no podrá ser liberada del encantamiento. Sancho evidentemente reacciona diciendo que no piensa hacerlo, entonces don Quijote responde advierténdole que sino lo hace, en vez de tres mil tres cientos azotes recibirá el doble. Después de mucho suplicarle don Quijote y ver que a su amo lo que más ilusión le hace es ver a su amada bella y no fea, acepta la penitencia.     

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