Petrarquismo


                                

Preguntó la duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
—Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde la habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?
—No sé —dijo Sancho Panza—, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo: a lo menos en la ligereza y en el brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
—¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.
—¡Y cómo si la he visto! —respondió Sancho—. Pues ¿quién diablos sino yo fue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está como mi padre!

                               

Este fragmento pertenece al capítulo XXXI de la segunda parte del Quijote cuyo título “es que trata de muchas y grandes cosas”. En este capítulo nos narra como Don Quijote y Sancho llegan a casa de los duqes que habían leido la primera parte y se intetan burlar de ellos tratándolo a Don Quijote como caballero.

En este fragmento le cuenta Don Quijote a la duquesa que dulcinea estaba encantada y que es una labradora. Aquello se lo había hecho creer Sancho, también se hace referencia al capitulo X donde Sancho le miente a Don Quijote, diciéndole que había visto  Dulcinea  con dos de sus sirvientas, en este fragmento se observan características del petrarquismo por parte de Don quijote para decribirle a la Duques Dulcinea.

—No hay más que decir —dijo la duquesa—. Pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.

—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.

Este fragmento pertenece al capítulo XXXI del segundo libro del Quijote cuyo título es Que trata de muchas y grandes cosas.

En dicho fragmento se narra una conversación entre Don Quijote y la duquesa. Esta le pregunta si Dulcinea es real o se la inventado él, usando la expresión “parido”, donde se ve claramente que la duquesa se burla de Don Quijote. Don quijote le dice que él no sabe si existe o no, y también le dice que ella no ha surgido de su invención.

En este fragmento se ven unas características del petrarquismo, tal y como muestra Don Quijote al darle varios rasgos distintivos de nobleza y belleza a Dulcinea, un ejemplo de ello: su desmesurada e inventada hermosura.

—No hay más que decir —dijo la duquesa—. Pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.
—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.

En este fragmento està sacado del libro de “Don Quijote de la Mancha”, concretamente, del capitulo XXXI. En este texto apreciamos como la Duquesa, esta dialogando con Don Quijote; intentando hacerle ver que Dulcinea es una invención de su pensamiento.

Los argumentos que defiende la Duquesa son que Don Quijote nunca ha visto a Dulcinea y, por tanto, no puede saber si es real. La Duquesa expresa que él se ciñe a una idea de su mente, una idealización de ella, però nunca ha podido contrarestar sus pensamientos con la realidad. Don Quijote, sin embargo, defiende absolutamente que él no sabe si Dulcinea es real o imaginaria, lo único que sabe es que él la contempla, que ella no parió de su entendimiento y que tiene unas características que la hacen destacar como una dama de elevada posición social.

También nos hace una breve descripción de la dama, un ejemplo de como los cavalleros veían a sus damas en esa època. La descripción esta basada en las normas típicas de la poesía petrarquista: La dama como ser inalcanzable, como máxima belleza y de clase social alta.

 

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La duquesa rogó a don Quijote que le delinease y describiese, pues parecía tener felice memoria, la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del Toboso, que, según lo que la fama pregonaba de su belleza, tenía por entendido que debía de ser la más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha. Sospiró don Quijote oyendo lo que la duquesa le mandaba.
[…]
—Sí hiciera, por cierto —respondió don Quijote—, si no me la hubiera borrado de la idea la desgracia que poco ha que le sucedió, que es tal, que más estoy para llorarla que para describirla. Porque habrán de saber vuestras grandezas que yendo los días pasados a besarle las manos y a recebir su bendición, beneplácito y licencia para esta tercera salida, hallé otra de la que buscaba: halléla encantada y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago.
—¡Válame Dios! —dando una gran voz, dijo a este instante el duque—. ¿Quién ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha quitado dél la belleza que le alegraba, el donaire que le entretenía y la honestidad que le acreditaba?
—¿Quién? —respondió don Quijote—. ¿Quién puede ser sino algún maligno encantador de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita, nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos y para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han encantadores, encantadores me persiguen, y encantadores me persiguirán hasta dar conmigo y con mis altas caballerías en el profundo abismo del olvido, y en aquella parte me dañan y hieren donde veen que más lo siento; porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause.

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—No hay más que decir —dijo la duquesa—. Pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.
—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.