Borja


Preguntó la duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
—Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde la habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?
—No sé —dijo Sancho Panza—, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo: a lo menos en la ligereza y en el brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
—¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.
—¡Y cómo si la he visto! —respondió Sancho—. Pues ¿quién diablos sino yo fue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está como mi padre!

Este fragmento pertenece al capítulo XXXI de la segunda parte del Quijote de Miguel de Cervantes cuyo título es  Que trata de muchas y grandes cosas. En el que se narra el viaje a la casa de los duques de Sancho y Don Quijote, la duquesa se burla de Don Quijote aunque él no se de cuenta. Es una especie de parodia, porque se trata con humor las aventuras del Quijote y su amada Dulcinea. En este capítulo también hay petrarquismo e invención de Dulcinea por parte del Quijote y es más, por parte de Sancho en el intento de engañar a su amo, aqui es donde se ve la clara parodia de la que he hablado antes, como también aparece las azañas inventadas de don Quijote con los molinos de viento y más follones y malandrines. Y por último, se ve que Sancho también se cree ya lo del encantamiento de Dulcinea.

—No hay más que decir —dijo la duquesa—. Pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.
—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.

 Este fragmento pertenece al capítulo XXXI del Quijote de Miguel de Cervantes. Como se puede ver en el título, en este capítulo se establece un diálogo sobre si Dulcinea es real o imaginaria, los presentes son Don Quijote y la Duquesa. La Duquesa le dice a él que Dulcinea es imaginaria y que Don Quijote la parió con todo lo bueno que él quiso, pero Quijote le replica diciendo que no se sabe si es real o fantástica y que no la ha parido como ella dice. En este fragmento se sigue recurriendo a la idealización de Dulcinea y Don Quijote aunque le digan que no existe una y otra vez, él sigue diciendo que sí o al menos que no se sabe. También se puede ver que se sigue el modelo petrarquista ya que le pone una serie de facultades buenas para la mujer, como la honestidad, la hermosura, la soberbia etc… y también se sigue con el encantamiento de Dulcinea por parte de Don Quijote al darle estas facultades sin haberla visto y sin saber si existe como bien se ve en el título.

“Los desengaños que amo y criado cosechan en casa de los Duques les llevarán de nuevo al camino de las libres aventuras donde, entre otras cosas, tropiezan con una partida de bandidos, hasta llegar finalmente a Barcelona.”

                                 

Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos árboles, que eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los muertos los habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de improvisto les rodearon

Apartóse Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona, dandóle aviso como estaba consigo el famoso Don Quijote de la Mancha, aquel caballero andante del que tantas cosas se decían, y que le hacía saber que era el más gracioso y el más entendido hombre del mundo, y que de allí a cuatro días, que era el de San Juan Bautista, se le pondría en mitad de la playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante su caballo, y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus amigos los Niarros, para que con él se solazasen; que él quisiera que carecieran deste gusto los Cadells, sus contrarios; pero que esto era imposible a causa de que las locuras y discreciones de Don Quijote y los donaires de su escudero Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a todo el mundo. Despachó estas cartas con uno de sus escuderos, que mudando el traje de bandolero en el de un labrador, entró en Barcelona y la dio a quien iba.

 

“Pertrechado con viejas armas, y habiendo adoptado el nombre de don Quijote, hace una primera salida en busca de aventuras a lomos de su caballo Rocinante.”

 

Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero, y puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.

En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un arminio; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.