—Levántate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora.

Este es un fragmento perteneciente al capítulo X de la segunda parte, llamado Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos.
En esta parte se narra el diálogo entre Don Quijote y Sancho mientras esperan a las aldeanas que se acercan. Sancho le a dicho a Don Quijote que una de esas damas es Dulcinea. Pero lo que su amo no sabe es que Sancho esta mintiendo. Quijote no cree a Sancho porque no puede llegar a pensar que una de esas tres damas tan vulgares y feas sea Dulcinea siendo como el dice un dama noble.

Este fragmento puede estar relacionado con el anterior capítulo donde habla de como los dos hombres llegan hasta la aldea donde vive Dulciena y como Don Quijote cuenta a Sancho que nunca a visto a Dulcinea y que está enamorado “de oidas”. A causa de esto a Sancho se le llega a ocurrir la mentira de que una de las campesinas era Dulcinea porque Don Qijote no tenía pruebas de que no era ella, ya que nunca la ha visto.